jueves, setiembre 25, 2008

Lesbic Thoughts Vol. 3

Las pistolitas no han pasado de moda por estos lares. Aunque con menos recurrencia, los balazos siguen bailando por el hogar palermitano que nos acoge. Yo no sé si es Darwin y su evolución natural o si estoy cultivando testosterona a través de osmosis, la cosa es que empiezo a estar de acuerdo con la tenencia de armas en casa, aunque sólo para algún caso de emergencia muy específico. Elaboro al respecto.

Yo tengo sentimientos encontrados con las palomas. Le tengo resquemor a las de plaza, esas que son absurdamente obsesas dada la cantidad de maicito que los turistas, abuelitos, niñitas paseadoras y gente que le compra maicito a la gente que vende maicito, les regalan con obsesión inflamada a estos pajarracos.

Ahora, a las palomas gigantes que planean bajo, les tengo miedo. Es que uno siente que vienen directo a secuestrarle el globo ocular izquierdo para luego pedir como recompensa el derecho que quedó. Y esa sensación es, cuando menos, fea.

También están las palomitas "de acto público", que me provocan inmensa pena. Pobres pajarillos, se la pasan enjaulados durante toda la premiación, inauguración, boda hippie, ágape pacífico o sacrifico págano, para luego salir aleteando desesperadas preguntándose cuál es el HIT de verlas volar al cierre de un acto. Yo tampoco entiendo.

Por último, en mi umbral palomístico se erige una variedad a la que odio (y esto van en contra de todos mis credos, dado que me gusta jactarme de odiar practicamente nada). Este tipo de pichón urbano del mal es considerado, por la que suscribe, un caso de emergencia muy específico.

Yo digo que hay que aniquilar sin misericordia a todas las palomas que, con la llegada de la siempre hormonal primavera, han convertido el bonito tragaluz del edificio donde vivo en un fornicadero del demonio con resaca. Odio a estas palomas calenturientas. Odio que se paren en fila y que esperen a los palomos casi revolviendo sus carteras (de toda moda), que combinan -por supuesto- con sus zapatitos de meretrices emplumadas que derraman pecado, líbido y perdición. Las odio MAL y deben morir.

I need a girl, pero que venga con pistola porque este finde nos reventamos a todas las plumíferas que veamos pasar.
*sigh*

Corolario Inesperado:
Hablando por teléfono con el Papito Alfonso, le cuento mis planes acerca de las palomas y, sin espantarse para nada, me aconseja: "Claro hijita, las matas y luego te las comes". ¿Qué se puede esperar de mí?


martes, setiembre 23, 2008

Hips like (broken) blenders.

Nunca fui la que bailaba lindo. ¿Vieron como siempre hay una chica en el grupo que "baila lindo"? Bueno, yo nunca fui, y tengo medio claro que nunca seré, la compañerita que danza con soltura, salero y sabor. Esa chica que ves y sabes que africano es el bembé. Mi bembé es, digamos, neozelandés. Yo asocio mi poca destreza con el baile a mis ya compartidos problemas psicomotrices. No es que sea un palo tampoco, no, no. Tengo un número limitado de movimientos que domino con holgura, pero me declaro incapaz de extender esa cantidad de pasitos rumberos pues me genera demasiada responsabilidad social, la misma que no me entusiasma adquirir. Digamos que sé dos pasos de salsa, los mismos que apresuro cuando quiero bailar merengue y desacelero para defenderme en alguna bachata. Ahora, cuando mi pareja de baile quiere dar vueltitas y hacer "un 8" a mi me sale un 37, siendo optimistas.
También sabía algún pasito de música brasilera (y esto es un GRAN mérito ya que yo no estaba viviendo en Perú cuando toda la moda AXE invadió la región. De hecho, me tocó mandar a la banca a mi pasito "Missy Elliot - Is it worth it, let me work it" para poder incorporar el "bom shi bom shi bom bom bom"); que finalmente tuve que descartar para aprender a bailar vallenato, perdiendo soga y cabra pues hasta hoy no logro bailar este ritmo y ya olvidé como bailar a la garota style.
Por otro lado, tengo un paso para bailar música negra; éste me fue enseñado por Bettina, la profesora de afro de mi hermana Claudia. En realidad no fue enseñado sino que robado. Ocurre que mi hermana se anotó en clases de danzas peruanas varias y, como yo era pequeña, pues me llevaba con ella al gimnasio donde las lecciones se daban. Es decir que el pasito lo aprendí a duras penas y observando. Nunca le pagué a Bettina y hoy aprovecho esta pequeña ventanita para decirle que su pasito "a que no me quema el alcatraz" está en mi top 5 de exitosos movimientos bailantines.
Ya deben sospecharlo, pero en este blog tenemos ganas de latigarnos y lo decimos igual: El reggaetón es una tara. Ni chocar el hueso, ni la bajadita, ni la subidita. No, no. Digamos que entusiasmo le pongo, pero cuando llega el momento de jugar al ascensor con polea y hay que subir, bajar, atrás, adelante, etc., pues yo opto por ir a la barra y pedir lo que sea, doble. O, en todo caso, irme a conversar con los punkeros o existencialistas amantes de la trova, o cualquiera que considere estos bailes pecaminosos de moda como un producto entero de Satán.
Lo curioso es que a mí me encanta bailar. También me gusta el patinaje sobre hielo. Felizmente tengo claro que a las olimpiadas no llegaré y tampoco al casting para el remake de "Dance with me".
Aquí les dejo un vídeo, realizado en las calles bonaerenses por manos profesionales, aunque no en la realización de vídeos.




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Cuarta Aventura del Pezweón

quién es este weon on?
es el pezweon, pezweon
un pez con un par de testículos rosados que nace de la boca de todos
tú y tus amiguitos lo nombran cada vez que terminan una frase
no, nada. Esto no quiere decir que no nade, sino que no “nada”!¡¡
no tiene expresión alguna
le pueden pasar muchas cosas y siempre tendrá la misma cara
no sonríe
no llora
no nada
flota
ése es el pezweon, pezweon


el pezweon llega a ustedes gracias a Carlos Banda y Andrea Tataje.
escríbeles a: elpezweon@gmail.com o visita la página del Pezweón en Facebook.

viernes, setiembre 19, 2008

Laura Chávez, a la orden.

En algún lugar del mundo la gente no tira basura a la calle. Creo que es en Vancouver. Aunque me parece un escenario feliz, no me gustaría ir a esa ciudad sino sólo a visitarla y sumergirme, por un vaporoso momento, en la cultura limpísima de sus habitantes. Yo no tiro basura a la calle (La Mamita Olga me enseñó). De hecho, uso mi cartera y bolsillos como cilindros ambulantes de envolturas, tickets de colectivo y servilletas (Éstas últimas no son basura realmente, sino que víctimas de algunos escritos que no deseo olvidar. Algunos, sin embargo, bien podrían considerarlas basura. Jaja).


Aunque me molesta ver que una persona deje caer papeles al piso, soy timorata para alzar la voz y manifestar mi descontento. Algunas veces he preferido levantar yo misma el desperdicio que decir algo. Esto me pasa sobretodo cuando la persona que cometió la carencia de prestancia me dobla la talla, el peso, la valentía o si tiene cara de que puede pegarme. Me aterra terminar en el piso, al igual que el pobre papelito al que deseo ver recogido del suelo. Mi cobardía, sin embargo, a veces pide asueto y es reemplazada por la voz enardecida de una justiciera de la mugre ajena. Hay días, como el que en instantes les regalo, que llegan cargados de una entereza que regularmente me es ajena.


Después de una mañana atiborrada de trámites bancarios (que son oh, so wonderful), decido tomar el subte para volver a casa. La línea D (la que me toca usar), es la bonita de la clase. Siempre está limpia, lo vagones son modernos y bla, bla, bla. Ensimismada, encuentro un lugar y me coloco en el para viajar parada (A menos que vaya de extremo a extremo, suelo viajar de pie). Unas estaciones más adelante se coloca a mi lado una señora peinadísima, guapísima y con las manos llenas de bolsas. Mi sospecha era que venía directo del Alto Palermo, con el pecho energizado y la billetera debilitada. De un momento a otro, mi anónima compañera de vagón empieza a arrancar los tickets de sus bolsas y no encuentra mejor alternativa que tirarlos al piso. Eran varias bolsas. Eran varios tickets. Y yo, que veía desde front row todo lo que ocurría, no tuve avispe más certero que preguntarle si podía dejar de echar basura POR FAVOR.


"¿Y a vos que te importa?" me preguntó bastante mortificada.

"Entonces, avíseme donde se baja que la acompaño a su casa y tiramos papeles las dos juntas" le respondí, ya con el antifaz de SuperCívica colocado.


Para esto, y como suele suceder en casos así, las personas alrededor se quedaron en silencio y a lo lejos se dejaban oir sólo murmullos de apoyo hacia la justiciera deambulante en la que me había convertido ("Cheta chancha" fue sin duda el más divertido (1)). Fue entonces que la dama batió su peinado y dilató las pupilas para decirme cosas, presumo, bastante feas. Y yo, como todo superhéroe que se respete, debía irme pronto pues mi misión había sido cumplida (Además, la estación en la que bajaba ya había llegado. Je).


"¿Quién sos?" me lanzó con desprecio la mujer, cuando yo estaba presta a salir del vagón dejándola a merced de la novel jauría de gente aseadísima que ahí quedaba.

"Lo que no soy es sucia, SEÑORA", respondí en cámara lenta, casi en blanco y negro; yo era Uma Thurman y Tarantino me dirigía en pleno plató de "Kill Bill".


Y fue ahí cuando ella, inflamada, presionando los puños e igualita a Juan Carlos I, me dijo: "¿Por qué no te callás?".








(1) Cheta = Pituca (Pe), Gomela (Col), Fresa (Mex), Aniñada (Ecu). Y no sé más. JAJAJA.